Si cada casa es un mundo, cada mundo tiene su idioma. Cada casa tiene su léxico familiar. Yo, como el resto de los mortales, crecí escuchando ciertas expresiones que yo creía, en mi infancia, universales y con el correr de los años descubrí que sólo aplicaban dentro las cuatro paredes que marcan el límite de lo cotidiano.
Mi madre era profesora de inglés y, si bien me había adiestrado medianamente en esa lengua desde pequeña, el uso más particular que hacía de ese idioma tenía que ver con marcar el estado de su hartazgo. Segundos antes de querer matarme por alguna travesura mía, yo sabía que "e
l horno no estaba para bollos" porque ella acompañaba su pedido de que me calme, la termine, me calle, con un "
please". De no acceder a un pedido tan extremadamente
polite, sabía que "
ardería Troya" en un segundo más.
Hacer las cosas sin ganas, sin poner cuidado era hacer todo al "
tun-tun" o a lo sumo "
a la birulí". Hacerse el desentendido era "
hacerse el chancho rengo". Desde el campo de las malas palabras, un idiota era un "
bolas tristes" y existía el enjendro de tarado y estúpido: "
tarúpido". Hace años que dejé de escucharlo. No prestar atención o estar pensando en otra cosa era "
estar en babia" (tuve que buscar cómo se escribía).
Todo lo encomillado pertenece a ese léxico familiar que conservé conmigo.
Hoy en día, hay un "
ah, bué", marca registrada de mi suegra y adoptado por todos (indispensable pronunciar la
u lo más gutural posible y la
e, a continuación abierta) que significa que lo escuchado está más allá de toda discusión, que suena tan ridículo que no se puede decir nada más sobre el tema. El fastidio por la insistencia del otro se marca con un leve pataleo y un "
pero qué pesado/a" (indispensable arrastrar un poco la
s y pronunciar haciendo trompa). Frente a una sorpresa que no nos convence demasiado, se suelta con galanura un "
oh, la lá" no exento de ironía abaritonada. Le damos énfasis a lo que sea por medio de un enjendro de prefijo "
requeterecontra" whatever. Nos entusiasmamos mostrando la magnitud de algún hecho diciendo que es "
bestial" (aplícase habitualmente a goles de media cancha o similares)
. Muy poca cantidad de algo, de leche, por ejemplo sería un "
trrr de leche". La falsa modestia frente a algún logro (la excelencia del puchero, digamos en mi caso) se camufla con un "
está mal que lo diga yo pero...".
El más simpático, y tal vez más alarmante, podría corresponder a que la gata habitualmente termina siendo retada con el nombre de la nena y la perra con el nombre del nene. Un último detalle es que a la gata se le habla en lo que denominamos
idioma gato: o sea,el castellano de siempre que usamos para decirle las tenerezas obligadas pero en un tono más nasal y usando las vocales más abiertas. Escucharnos es un viaje de ida, porque más de una vez ha sobrevenido en público la pregunta de "
¿por qué estás hablando en 'idioma gato' si la gata no está?"... Pero con estas cosas ya deberíamos hablar de patologización del lenguaje y no de lexicografía familar.