sábado, 3 de agosto de 2013

Ella ya no me quiere

"Ella ya no me quiere" fue todo lo que pensé y salí corriendo. Ella era mi mejor amiga de ese entonces, un lejano cuarto grado de la escuela primaria. No logro recordar los particulares, pero yo me había enterado de que yo ya no era su favorita, de que ese lazo eterno que vinculaba a las mejores amigas de la infancia, había desaparecido. Creo que venía con el corolario de que ya no se sentaría conmigo en clase o que no jugaría conmigo en los recreos.
Salí corriendo desde el fondo del patio hacia adentro del colegio (hace unas pocas noches, en sueños, recordé ese patio y unos pasillos internos más intrincados: en esencia, ese era el escenario). Pasé las baldosas grises que pertenecian a la parte descubierta, y llegué a los mosaicos color bordó del patio interno: al fondo, las puertas de los baños de niñas y niños, un bebedero de pulsador intrigante que sólo rara vez funcionaba. 
Los dos patios estaban separados por una puerta enorme, con hojas de metal que siempre estaban abiertas. Al pasar a la carrera al lado de una de ellas, sentí un golpe seco en el brazo izquierdo con un dolor que en seguida me subió por el cuello y me nubló la vista. Me desmayé.
Cuando volví en mí, sentía la misma desesperación, un dolor más moderado en el brazo y una terrible vergüenza por estar rodeada de maestras y alumnos.

Tal vez la desesperación infantil tenga una locación cercana a la contemplación fascinada de la que hablaba, atontado, Stendhal.



Estuche semejante al de una de las fotos escolares de la infancia.
 . 

martes, 30 de julio de 2013

La novia de la que comprará las flores por sí misma

"Sally sale de la tienda lo más aprisa que puede y se encamina hacia el metro de la calle Setenta y Ocho. Le gustaría volver a casa con un regalo para Clarissa, pero no se le ocurre ninguno Le gustaría decirle a Clarissa algo importante, pero n encuentra la frase. Te quiero es bastante fácil. Te quiero se ha convertido en una fórmula casi corriente, que se dice sólo en aniversarios o cumpleaños; o también espontáneamente, en la cama o en la cocina o hasta abordo de un taxi, donde alcanzan a oírte taxistas extranjeros que creen que las mujeres deberían caminar tres pasos detrás de sus maridos. Sally y Clarissa no se escatiman cariños, lo cual, por supuesto, es bueno, pero ahora Sally descubre que quiere llegar a casa y decir algo más, algo que no sólo trascienda la dulzura y el consuelo sino que vaya mucho más allá de la pasión. Lo que quiere decir guarda relación con todas las personas que han muerto; tiene que ver con la conciencia que tiene de una buena suerte inmensa y de una pérdida inminente y devastadora. Si algo le sucede a Clarissa ella, Sally, seguirá viviendo pero no sobrevivirá, exactamente. Lo pasará muy mal. Lo que quiere decir tiene que ver no sólo con la alegría sino con el miedo constante y cerval que constituye la otra mitad del júbilo. Soporta el pensamiento de su propia muerte, pero no el de la muerte de Clarissa. Este amor que se tienen, con su domesticidad tranquilizadora y sus silencios fáciles, su permanencia, ha uncido a Sally a la maquinaria de la mortalidad misma. Ahora existe una pérdida que es inconcebible. Ahora hay una cuerda que ella puede seguir a partir de este instante, en que camina hasta el metro, y a  lo largo del día de mañana y el día siguiente y el siguiente hasta el final de su vida y el fin de la vida de Clarissa."

Michael Cunningham, Las Horas, Barcelona, Quinteto, 2005. Pág. 175


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Me gusta esta novela porque me gusta Virginia Woolf, entre otras buenas razones. Aquí Cunningham retoma escenas de la vida de Virginia Woolf, de una mujer que lee "Mrs Dalloway" y de una tal Clarissa Vaugham, a quien también llaman Mrs Dalloway, novia de Sally. En el comienzo de "Mrs Dalloway" la protagonista, Clarissa Dalloway, va a dar una fiesta y anuncia la célebre frase: "I will buy the flowers myself" ("Iré a comprar las flores yo misma")

Le regalé la novela a mi esposa hace unas semanas y la llevó para leerla durante las vacaciones. La última tarde (entraba un sol precioso por la ventana desde la que se veían los árboles y el río), se me acercó con el libro en la mano y me pidió que leyera el final de uno de los capítulos. Leí esto, o mejor dicho, lo releí, porque había leído la novela por trabajo en el '98. La primera vez no me había detenido en este pasaje. Ahora, lo transcribo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Cristales como peras en una rama de olmo

Stendhal habla del amor en un ensayo interesantísimo. En él plantea que si se deja  una rama seca y carente de todo atractivo durante unas semanas en una de las minas de sal de Salztburgo, al volver a recogerla aparecerá reluciente, enjoyada por los mínimos cristales traslúcidos de sal que se habrán depositado sobre ella. Tal es el proceso de cristalización también aplicable al amor.

La cristalización calca, entonces, ese procedimiento de la naturaleza y hace que el objeto amado sea descubierto en una inacabada serie de perfecciones. De la rama seca al diamante. De la persona que hasta hace poco tiempo resultaba desconocida, al único ser humano que sería capaz de completar a un corazón solitario, al alma gemela que  comparte  códigos y que es capaz de ser intérprete y traductora de los sentimientos del otro, la belleza inadvertida hasta ayer nomás porque te juro que nunca le había prestado atención...

El ensayo es más amplio y habla de los diferentes estadios del amor  (pensar en, desear ser correspondido, dudar). Ortega y Gasset se ha encargado de hacerle más de una crítica, en un planteo razonable: llama la atención qué aplicable resulta  para todos los casos de encuentro-automático-del-amor-de-la- vida. Su reflexión inicial es absolutamente criteriosa: eso no es amor. 

Un ensayo que debería hablar del amor habla sólo del enamoramamiento, de algo epidérmico u hormonal. Stendhal no habla de responsabilidad, confianza, paciencia,  entrega, respeto y todo el resto de los ingredientes necesarios para poder pasar de esa etapa de cristalización a comenzar a construir un verdadero vínculo con otro adulto. Encargarse de lo menos espectacular (tan respetable en Stendhal quien declaraba haberse desmayado por no soportar la contemplación de lo bello en su punto culminante), pero que también hace que no se quiera vivir sin quien acompaña en la vida. Aunque eso sería tema de otro tratado.

domingo, 9 de junio de 2013

Los léxicos de la familia

Si cada casa es un mundo, cada mundo tiene su idioma. Cada casa tiene su léxico familiar. Yo, como el resto de los mortales, crecí escuchando ciertas expresiones que yo creía, en mi infancia, universales y con el correr de los años descubrí que sólo aplicaban dentro las cuatro paredes que marcan el límite de lo cotidiano.
Un abuelo que había crecido en el campo decía, cada vez que había hecho una pregunta un poco obvia o de difícil respuesta un: "Yo pregunto, si la manteca es unto". Si yo andaba por la casa con el pijama medio caído, era que yo llevaba el pantalón "por las verijas".
De mi padre me quedó el vocativo "corazón" en las frases de cariño. 
Mi madre era profesora de inglés y, si bien me había adiestrado medianamente en esa lengua desde pequeña, el uso más particular que hacía de ese idioma tenía que ver con marcar el estado de su hartazgo. Segundos antes de querer matarme por alguna travesura mía, yo sabía que "el horno no estaba para bollos" porque ella acompañaba su pedido de que me calme, la termine, me calle, con un "please". De no acceder a un pedido tan extremadamente polite, sabía que "ardería Troya" en un segundo más.
Hacer las cosas sin ganas, sin poner cuidado era hacer todo al "tun-tun" o a lo sumo "a la birulí". Hacerse el desentendido era "hacerse el chancho rengo". Desde el campo de las malas palabras, un idiota era un "bolas tristes" y existía el enjendro de tarado y estúpido: "tarúpido". Hace años que dejé de escucharlo. No prestar atención o estar pensando en otra cosa era "estar en babia" (tuve que buscar cómo se escribía).
Todo lo encomillado pertenece a ese léxico familiar que conservé conmigo.
Hoy en día, hay un "ah, bué", marca registrada de mi suegra y adoptado por todos (indispensable pronunciar la u lo más gutural posible y la e, a continuación abierta) que significa que lo escuchado está más allá de toda discusión, que suena tan ridículo que no se puede decir nada más sobre el tema. El fastidio por la insistencia del otro se marca con un leve pataleo y un "pero qué pesado/a" (indispensable arrastrar un poco la s y pronunciar haciendo trompa). Frente a una sorpresa que no nos convence demasiado, se suelta con galanura un "oh, la lá" no exento de ironía abaritonada. Le damos énfasis a lo que sea por medio de un enjendro de prefijo "requeterecontra" whatever. Nos entusiasmamos mostrando la magnitud de algún hecho diciendo que es "bestial" (aplícase habitualmente a goles de media cancha o similares). Muy poca cantidad de algo, de leche, por ejemplo sería un "trrr de leche". La falsa modestia frente a algún logro (la excelencia del puchero, digamos en mi caso) se camufla con un "está mal que lo diga yo pero...".
El más simpático, y tal vez más alarmante, podría corresponder a que la gata habitualmente termina siendo retada con el nombre de la nena y la perra con el nombre del nene. Un último detalle es que a la gata se le habla en lo que denominamos idioma gato: o sea,el castellano de siempre que usamos para decirle las tenerezas obligadas pero en un tono más nasal y usando las vocales más abiertas. Escucharnos es un viaje de ida, porque más de una vez ha sobrevenido en público la pregunta de "¿por qué estás hablando en 'idioma gato' si la gata no está?"... Pero con estas cosas ya deberíamos hablar de patologización del lenguaje y no de lexicografía familar.

Wordle: léxico

viernes, 31 de mayo de 2013

Dónde pasar el invierno...



Hace unos meses hablábamos con las amigas de las relaciones entre mujeres.
Chechu que se destaca por ser muy criteriosa y creativa tanto en la vida como en la fotografía, me mandó poco tiempo después este fotomontaje de su factura. 

miércoles, 24 de abril de 2013

Matrimonio para todos

Desde el Bois de Boulogne hasta Danfert Rocherau desfilaban caravanas y caravanas de autos y colectivos repletos (hubo que dejar pasar unos cuantos hasta poder subir). Todas las bienpensantes familias tipo francesas habían sido convocadas por la Iglesia para manifestar en contra de lo que era el proyecto de ley que admitiría le mariage pour tous. 
Muchas madres-como-dios-manda empujaban cochecitos de bebés de los que colgaban carteles que decían: "Fait par maman et papa" ("Hecho por mamá y papá"). No escatimaron delicadezas al estilo de: "Il y a pas des ovules dans tes testicules" ("No hay óvulos en tus testículos"). O bien: "Normalité= Legalité" ("Normalidad= Legalidad").
Esto sucedió a mediados de enero de este año. Se prometía una contramarcha para fines de mes. Vimos un cartel anunciándola en un bar de osos, cerca del Pompidou. El lema resultaba mucho más tranquilizador: "Legalité =Egalité" ("Legalidad= Igualdad")
Pero la iglesia volvió a montar a sus seguidores "mami-papi" en sus micros e inundaron una vez más París. 
Y así las cosas.
En el día de ayer, Francia sancionó la ley: es ley el matrimonio igualitario.


Carteles defendiendo la ley, pegados frente al Hôtel de Ville
el día de la manifestación de los contras: "La normalidad (felizmente) no existe".
"Máscara del matrimonio sin sexo determinado"



miércoles, 10 de abril de 2013

En el colegio

Reunión de padres en el colegio del nene. Asistimos. Ha comenzado primer año de la escuela secundaria. Colegio nuevo, compañeros nuevos. Nuevos ritmos. Escuchamos presentaciones y recomendaciones. Como la escuela es decididamente copada, después de la reunión nos ofrece en el patio una cena de empanadas y vino para que podamos conocernos y charlar entre nosotros.
Nos quedamos primero conversando un poco con una de las coordinadoras. Se acerca una mamá, se presenta: ella se llama Cecilia. Nos da charla. Primero me pregunta la madre de cuál niño soy. Gran desconcierto cuando le pregunta a mi esposa y ella responde dando el mismo nombre del mismo niño. Aclara luego que ella es la mamá; yo, la madrastra. No sé si este último es el término más justo, pero por ahora nos ha ido dando resultado.
Cecilia ni se mosquea al escuchar nuestro relato. Es lo más normal para todos. Al instante nos presenta a otra mamá. Ellas ya se conocen porque sus dos hijos varones ya habían hecho la primaria juntos . Nos saludamos. Pasamos por lo de madre-madrastra. Ella escucha lo más tranquila. Sonríe. Cecilia dice que hay un tercer compañero de primaria de sus hijos  que también se cambió a este colegio. Y que, además, tiene dos papás. Muy sonriente, se propone presentarnos. Nos acercamos empanada y vaso en mano. Nos saludamos. Charlamos de los chicos, del paso importante que supone que comiencen la secundaria. Decimos que hay muchas familias con dos padres o dos madres, es verdad, hay muchas. Y que menos mal que nosotros estamos acá para poder decirlo.
Estamos contentas, estamos más tranquilas. Nuevamente recibimos una grata sorpresa, como la del año pasado, cuando la profesora de Artes Visuales nos recibió en la reunión de padres diciendo que ella también era lesbiana.


Habernos constituido como una familia con niños siendo dos mujeres muchas veces ha resultado un lugar muy solitario. Vemos que con el paso del tiempo, se va haciendo camino al andar.