viernes, 15 de noviembre de 2013

Acerca de la estrechez del lenguaje

“Según mi experiencia, las emociones no pueden describirse con una sola palabra. Tristeza, alegría, remordimiento, esos términos no me dicen nada. La mejor prueba de que el lenguaje es patriarcal quizá sea que simplifica demasiado los sentimientos. Me gustaría tener a mi disposición emociones híbridas, complejas, construcciones germánicas encadenadas, como  la felicidad presente en la desgracia. O esta otra: la decepción de acostarse con las propias fantasías. Me gustaría mostrar la relación entre el presentimiento de la muerte suscitado por los ancianos de la familia y el odio por los espejos que se inicia en la madurez. Me gustaría hablar de la tristeza inspirada por los restaurantes malogrados (...). Nunca he encontrado palabras adecuadas para describir mi propia vida, y ahora que ya he entrado en mi historia es cuando más las necesito. Ya no me puedo quedar sentado a ver lo que pasa. A partir de ahora, todo lo que cuente estará teñido de la experiencia subjetiva de formar parte de los acontecimientos. Aquí es donde mi historia se divide, se escinde, sufre una meiosis. Noto más el peso del mundo, ahora que formo parte de él.”

Jeffrey Eugenides, Middlesex, pág. 279


Este autor fue mi lectura de casi todo el invierno. "La trama nupcial", "Las vírgenes suicidas" y luego este "Middlesex", obstaculizado por las obligaciones académicas. La novela es deliciosa, porque al pasar de generación en generación se van adorando cada uno de los miembros de la familia que se describen. Perdonamos el incesto, nos sentimos hermanadas con la recién casada, comprendemos la angustia del amante rechazado y somos, en definitiva, el protagonista que nació como mujer y se volvió ese varón tan atractivo con el correr de los años. 
Esta es otra de esas novelas-hogar, novelas-mundo que invitan a pasar una buena temporada en ellas.  
¿Cuáles son los sentimientos que describen un viernes como hoy? 
¿ICirculación adrenalínica frente al desafío y quieto resquemor a llegar fallidamente a nuestro límite
¿Confianza segura en la belleza del mundo pese a esa línea al costado del ojo derecho
¿Entrega al amor aunque 'esa' camiseta la quería estrenar yo
¿Absoluto compromiso con la tarea intelectual y clara preferencia a la procastinación con el blog?

martes, 29 de octubre de 2013

Un domingo

Dice el nene, mientras desayunamos al sol en el balcón:
- Ya merendamos en el agua, siempre almorzamos en la tierra y ahora desayunamos en el aire. Decí que en el fuego no se cena, ¿no?


sábado, 26 de octubre de 2013

Etérea (?)

Viernes por la mañana. Camino sola hasta mi trabajo. Hay sol. Me gustaría tener algo de tiempo libre. Hay que tomar decisiones. Debo tomar decisiones. Debería parar un poco. Pero ya es viernes y necesariamente se frena la semana. Necesitaría escribir un paper, leer otros. Tengo que trabajar. Recién inicia este trimestre que ya está cerrando dentro de tan poco tiempo. 
Hay poca gente por la calle. Es muy temprano. De repente cambia el ritmo de todo. Siento algo en la nariz y me da vértigo. I-bant-óbs-curi-só-lá-sub-nóc-teper-úm-bras. Algo no está en el eje correcto porque mi paso dejó de ir con el hexámetro. Recién dentro de algunos días debería ir al cine a ver esa película en la que la chica de muslos lindos flota en el espacio. Pero yo siento que ya voy flotando.  Frente a mi veo una serie de cuadraditos en perfecta simetría que forman una baldosa áspera. Gráve-suáve-sínging-sílk. Hay algo extraño que me acelera el pulso. Y no es es el verso de Beckett.
- ¡ Cómo me va a doler esto! 
Unico pensamiento antes de llegar cuan larga soy al piso. 
No me equivoqué ni una pizca.  

sábado, 3 de agosto de 2013

Ella ya no me quiere

"Ella ya no me quiere" fue todo lo que pensé y salí corriendo. Ella era mi mejor amiga de ese entonces, un lejano cuarto grado de la escuela primaria. No logro recordar los particulares, pero yo me había enterado de que yo ya no era su favorita, de que ese lazo eterno que vinculaba a las mejores amigas de la infancia, había desaparecido. Creo que venía con el corolario de que ya no se sentaría conmigo en clase o que no jugaría conmigo en los recreos.
Salí corriendo desde el fondo del patio hacia adentro del colegio (hace unas pocas noches, en sueños, recordé ese patio y unos pasillos internos más intrincados: en esencia, ese era el escenario). Pasé las baldosas grises que pertenecian a la parte descubierta, y llegué a los mosaicos color bordó del patio interno: al fondo, las puertas de los baños de niñas y niños, un bebedero de pulsador intrigante que sólo rara vez funcionaba. 
Los dos patios estaban separados por una puerta enorme, con hojas de metal que siempre estaban abiertas. Al pasar a la carrera al lado de una de ellas, sentí un golpe seco en el brazo izquierdo con un dolor que en seguida me subió por el cuello y me nubló la vista. Me desmayé.
Cuando volví en mí, sentía la misma desesperación, un dolor más moderado en el brazo y una terrible vergüenza por estar rodeada de maestras y alumnos.

Tal vez la desesperación infantil tenga una locación cercana a la contemplación fascinada de la que hablaba, atontado, Stendhal.



Estuche semejante al de una de las fotos escolares de la infancia.
 . 

martes, 30 de julio de 2013

La novia de la que comprará las flores por sí misma

"Sally sale de la tienda lo más aprisa que puede y se encamina hacia el metro de la calle Setenta y Ocho. Le gustaría volver a casa con un regalo para Clarissa, pero no se le ocurre ninguno Le gustaría decirle a Clarissa algo importante, pero n encuentra la frase. Te quiero es bastante fácil. Te quiero se ha convertido en una fórmula casi corriente, que se dice sólo en aniversarios o cumpleaños; o también espontáneamente, en la cama o en la cocina o hasta abordo de un taxi, donde alcanzan a oírte taxistas extranjeros que creen que las mujeres deberían caminar tres pasos detrás de sus maridos. Sally y Clarissa no se escatiman cariños, lo cual, por supuesto, es bueno, pero ahora Sally descubre que quiere llegar a casa y decir algo más, algo que no sólo trascienda la dulzura y el consuelo sino que vaya mucho más allá de la pasión. Lo que quiere decir guarda relación con todas las personas que han muerto; tiene que ver con la conciencia que tiene de una buena suerte inmensa y de una pérdida inminente y devastadora. Si algo le sucede a Clarissa ella, Sally, seguirá viviendo pero no sobrevivirá, exactamente. Lo pasará muy mal. Lo que quiere decir tiene que ver no sólo con la alegría sino con el miedo constante y cerval que constituye la otra mitad del júbilo. Soporta el pensamiento de su propia muerte, pero no el de la muerte de Clarissa. Este amor que se tienen, con su domesticidad tranquilizadora y sus silencios fáciles, su permanencia, ha uncido a Sally a la maquinaria de la mortalidad misma. Ahora existe una pérdida que es inconcebible. Ahora hay una cuerda que ella puede seguir a partir de este instante, en que camina hasta el metro, y a  lo largo del día de mañana y el día siguiente y el siguiente hasta el final de su vida y el fin de la vida de Clarissa."

Michael Cunningham, Las Horas, Barcelona, Quinteto, 2005. Pág. 175


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Me gusta esta novela porque me gusta Virginia Woolf, entre otras buenas razones. Aquí Cunningham retoma escenas de la vida de Virginia Woolf, de una mujer que lee "Mrs Dalloway" y de una tal Clarissa Vaugham, a quien también llaman Mrs Dalloway, novia de Sally. En el comienzo de "Mrs Dalloway" la protagonista, Clarissa Dalloway, va a dar una fiesta y anuncia la célebre frase: "I will buy the flowers myself" ("Iré a comprar las flores yo misma")

Le regalé la novela a mi esposa hace unas semanas y la llevó para leerla durante las vacaciones. La última tarde (entraba un sol precioso por la ventana desde la que se veían los árboles y el río), se me acercó con el libro en la mano y me pidió que leyera el final de uno de los capítulos. Leí esto, o mejor dicho, lo releí, porque había leído la novela por trabajo en el '98. La primera vez no me había detenido en este pasaje. Ahora, lo transcribo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Cristales como peras en una rama de olmo

Stendhal habla del amor en un ensayo interesantísimo. En él plantea que si se deja  una rama seca y carente de todo atractivo durante unas semanas en una de las minas de sal de Salztburgo, al volver a recogerla aparecerá reluciente, enjoyada por los mínimos cristales traslúcidos de sal que se habrán depositado sobre ella. Tal es el proceso de cristalización también aplicable al amor.

La cristalización calca, entonces, ese procedimiento de la naturaleza y hace que el objeto amado sea descubierto en una inacabada serie de perfecciones. De la rama seca al diamante. De la persona que hasta hace poco tiempo resultaba desconocida, al único ser humano que sería capaz de completar a un corazón solitario, al alma gemela que  comparte  códigos y que es capaz de ser intérprete y traductora de los sentimientos del otro, la belleza inadvertida hasta ayer nomás porque te juro que nunca le había prestado atención...

El ensayo es más amplio y habla de los diferentes estadios del amor  (pensar en, desear ser correspondido, dudar). Ortega y Gasset se ha encargado de hacerle más de una crítica, en un planteo razonable: llama la atención qué aplicable resulta  para todos los casos de encuentro-automático-del-amor-de-la- vida. Su reflexión inicial es absolutamente criteriosa: eso no es amor. 

Un ensayo que debería hablar del amor habla sólo del enamoramamiento, de algo epidérmico u hormonal. Stendhal no habla de responsabilidad, confianza, paciencia,  entrega, respeto y todo el resto de los ingredientes necesarios para poder pasar de esa etapa de cristalización a comenzar a construir un verdadero vínculo con otro adulto. Encargarse de lo menos espectacular (tan respetable en Stendhal quien declaraba haberse desmayado por no soportar la contemplación de lo bello en su punto culminante), pero que también hace que no se quiera vivir sin quien acompaña en la vida. Aunque eso sería tema de otro tratado.

domingo, 9 de junio de 2013

Los léxicos de la familia

Si cada casa es un mundo, cada mundo tiene su idioma. Cada casa tiene su léxico familiar. Yo, como el resto de los mortales, crecí escuchando ciertas expresiones que yo creía, en mi infancia, universales y con el correr de los años descubrí que sólo aplicaban dentro las cuatro paredes que marcan el límite de lo cotidiano.
Un abuelo que había crecido en el campo decía, cada vez que había hecho una pregunta un poco obvia o de difícil respuesta un: "Yo pregunto, si la manteca es unto". Si yo andaba por la casa con el pijama medio caído, era que yo llevaba el pantalón "por las verijas".
De mi padre me quedó el vocativo "corazón" en las frases de cariño. 
Mi madre era profesora de inglés y, si bien me había adiestrado medianamente en esa lengua desde pequeña, el uso más particular que hacía de ese idioma tenía que ver con marcar el estado de su hartazgo. Segundos antes de querer matarme por alguna travesura mía, yo sabía que "el horno no estaba para bollos" porque ella acompañaba su pedido de que me calme, la termine, me calle, con un "please". De no acceder a un pedido tan extremadamente polite, sabía que "ardería Troya" en un segundo más.
Hacer las cosas sin ganas, sin poner cuidado era hacer todo al "tun-tun" o a lo sumo "a la birulí". Hacerse el desentendido era "hacerse el chancho rengo". Desde el campo de las malas palabras, un idiota era un "bolas tristes" y existía el enjendro de tarado y estúpido: "tarúpido". Hace años que dejé de escucharlo. No prestar atención o estar pensando en otra cosa era "estar en babia" (tuve que buscar cómo se escribía).
Todo lo encomillado pertenece a ese léxico familiar que conservé conmigo.
Hoy en día, hay un "ah, bué", marca registrada de mi suegra y adoptado por todos (indispensable pronunciar la u lo más gutural posible y la e, a continuación abierta) que significa que lo escuchado está más allá de toda discusión, que suena tan ridículo que no se puede decir nada más sobre el tema. El fastidio por la insistencia del otro se marca con un leve pataleo y un "pero qué pesado/a" (indispensable arrastrar un poco la s y pronunciar haciendo trompa). Frente a una sorpresa que no nos convence demasiado, se suelta con galanura un "oh, la lá" no exento de ironía abaritonada. Le damos énfasis a lo que sea por medio de un enjendro de prefijo "requeterecontra" whatever. Nos entusiasmamos mostrando la magnitud de algún hecho diciendo que es "bestial" (aplícase habitualmente a goles de media cancha o similares). Muy poca cantidad de algo, de leche, por ejemplo sería un "trrr de leche". La falsa modestia frente a algún logro (la excelencia del puchero, digamos en mi caso) se camufla con un "está mal que lo diga yo pero...".
El más simpático, y tal vez más alarmante, podría corresponder a que la gata habitualmente termina siendo retada con el nombre de la nena y la perra con el nombre del nene. Un último detalle es que a la gata se le habla en lo que denominamos idioma gato: o sea,el castellano de siempre que usamos para decirle las tenerezas obligadas pero en un tono más nasal y usando las vocales más abiertas. Escucharnos es un viaje de ida, porque más de una vez ha sobrevenido en público la pregunta de "¿por qué estás hablando en 'idioma gato' si la gata no está?"... Pero con estas cosas ya deberíamos hablar de patologización del lenguaje y no de lexicografía familar.

Wordle: léxico